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La actividad física y el sistema nervioso

Los deportes tienen un significado compensatorio porque conceden a quien lo practica la satisfacción negada en diversas circunstancias de la vida. La actividad deportiva, además a través de los juegos y sus reglas, acostumbra al adolescente a las dificultades existenciales y templa su carácter, haciéndolo al mismo tiempo comprender cuán importante es la constancia en el empeño para obtener resultados siempre mejores, adquirir el sentido de autocontrol y de autosuficiencia; además enseña el respeto hacia los compañeros y adversarios.

La actividad física en el campo neurológico presenta beneficios también para los ancianos. Un estilo de vida sedentario constituye un factor de riesgo en general para los problemas circulatorios a nivel cerebral. Una mejora en el bienestar físico puede reducir fuertemente los problemas en la actividad cotidiana. Una mejora general de la energía puede ser muy importante sobre todo en los ancianos, y así también en los pacientes que inician problemas neurológicos como pequeñas dificultades para caminar o en el equilibrio. La actividad física en el anciano es muy importante para prevenir una serie de enfermedades que tienen como origen un déficit motor o del equilibrio o de la coordinación.

Los estudios demuestran cómo el ejercicio físico mejora no sólo las funciones motoras sino también las sensitivas. Esto confirma cómo ciertos parámetros, que en el anciano tienden a disminuir, como el equilibrio y la coordinación, con un programa específico de diez semanas se pueden mejorar fuertemente.

En la niñez y la adolescencia se recomiendan todos los deportes de equipo y de competición, al menos dos veces por semana y todo tipo de juegos los fines de semana.

En la adultez y la vejez, son ideales los ejercicios aeróbicos suaves como la caminata y los de coordinación y concentración, como gimnasia y yoga. Es ideal practicarlos quince minutos por día.

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Las meninges, qué son

Se llama meninges a la envoltura fibrosa del sistema nervioso central. Tres membranas que protegen nuestro cerebro de lesiones y posibles hemorragias. Existen tres meninges superpuestas que rodean al cerebro y la médula espinal en su totalidad. Son la duramadre, piamadre y aracnoides.

La duramadre se apoya directamente contra la cara interna del cráneo y del canal raquidiano. Se adhiere a él con firmeza a excepción de la región temporal, donde los traumatismos pueden producir una hemorragia que la despega en esa parte del cráneo, provocando un tipo de hemorragia conocida bajo el nombre de extradural, que acarrea una compresión del cerebro y necesita ser descomprimido. La duramadre tiene un espesor de 1 milímetro y es muy resistente.

La aracnoides, por su parte, se ubica por debajo de la duramadre, a la que tapiza interiormente siguiendo con extrema rigurosidad sus contornos. Es sumamente delgada y acompaña finos tejidos conjuntivos hasta la piamadre, de la cual está separada por un espacio repleto de líquido cefalorraquídeo.

La piamadre es una membrana conjuntiva extremadamente delgada (0,1 milímetro), pero relativamente resistente. Tapiza la superficie de todo el sistema nervioso central, penetrándolo hasta el fondo en las cisuras. Está irrigado por numerosos vasos sanguíneos que nutren al cerebro a través de su superficie.

En relación con estas membranas, puede producirse una irritación de ellas, que provoca una hemorragia meningeal. Se manifiesta por un conjunto de signos clínicos, pero una prueba indudable se obtiene por la punción a la altura de las vértebras lumbares para extraer una prueba de líquido cefalorraquídeo. Se presenta con vómitos, dolor de cabeza, escasa flexibilidad en la nuca y la imposibilidad de mantener las rodillas extendidas.

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Movimientos y precisión, el cerebelo controla

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Esta pequeña estructura nerviosa, el cerebelo, es tan “modesta” que, salvo cuando enferma, goza de poco reconocimiento. En condiciones normales, al producirse la excitación eléctrica de esta estructura, no aparece ninguna sensación especial ni actividad motora.

Ello ha propiciado que esta estructura también sea conocida como “el área silenciosa”. En cambio, si tuviera lugar una lesión cerebelosa o se extirpara esta zona nerviosa, los movimientos se tornarían totalmente anormales y entonces “alzaría la voz” lo que antes permanecía “en silencio”.

Y es que, como ya hemos apuntado, el cerebelo es la estructura nerviosa que controla y coordina los principales grupos musculares implicados en la precisión y adecuación a su objetivo de cualquier movimiento. Es decisiva su participación en la realización de las actividad muscular rápida y precisa, como la desplegada al correr, escribir a máquina, tocar el piano y hasta al hablar, por citar algunos ejemplos. También vela por el mantenimiento del equilibrio durante el reposo y la marcha, así como por el control del tono muscular.

Por ello, cuando se lesiona el cerebelo no se aprecia ninguna deficiencia motora directa, pero sí se ve alterada la forma en que se realizan los movimientos y su precisión.

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Cómo afectan sustancias como el alcohol al cerebro

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Algunas sustancias tóxicas, como el alcohol, piénsese en las dificultades para mantenerse en pie de los que se pasan con la bebida, y ciertos medicamentos, fármacos antiepilópticos, tienen la capacidad de lesionar el cerebelo en mayor o menor grado.

De igual forma, existe una larga lista de enfermedades que inciden de manera negativa en esta estructura nerviosa: los accidentes cerebrovasculares, isquémicos o hemorrágicos, las enfermedades degenerativas nerviosas, las infecciones del sistema nervioso central, los trastornos metabólicos o los tumores.

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Personas que sufren problemas cerebelosos

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Son muchas y nada despreciables las repercusiones que tiene el fallo de esta pequeña porción del cerebro: descoordinación de los movimientos voluntarios, alteración de la marcha, ataxia, y del equilibrio, disminución del tono muscular, hipotonía, y un cierto grado de debilidad muscular y fatiga.

La alteración de la armonía de los movimientos voluntarios da lugar a la aparición de unas manifestaciones muy características que el especialista detecta con las pruebas conocidas como “dedo-nariz” y “talón-rodilla”. Lo que se pretende al realizar esta exploración es comprobar la manera en que la persona que se somete a la prueba ejecuta unos movimientos bastante precisos y que requieren un cierto grado de coordinación entre varios grupos musculares.

En caso de que el cerebelo padezca alguna alteración, se observan ciertas “torpezas muy marcadas como, por ejemplo, el temblor en el tramo final del movimiento, “temblor intencional”, o la desviación del dedo con el que el afectado intenta alcanzar el objetivo, esto es, la nariz o la rodilla, lo que le obliga a corregir de forma ostensible su trayectoria.

Al caminar, la persona aquejada de problemas cerebelosos aumenta la base de sustentación, separa los pies para disponer de más apoyo y mantener el equilibrio, realiza frecuentes oscilaciones y se desvía hacia algún lado, que suele ser el correspondiente a la zona lesionada.

La disminución del tono muscular, por otra parte, se caracteriza por una menor resistencia a la palpación o la movilización pasiva de los músculos. Además de estos síntomas típicos, también sufren alteraciones otras actividades más complejas. El acto de hablar, por ejemplo, se realiza mediante palabras entrecortadas y explosiva, como si estuvieran descompuestas en sílabas, fenómeno que recibe el nombre de “habla escandida”.

La escritura titubeante, con caracteres irregulares; el temblor intencional, el que aparece cuando está en movimiento una parte de nuestro cuerpo y desaparece en reposo, y ciertas alteraciones en los movimientos oculares, como la pérdida de la fijación de la mirada, completan el cuadro de trastornos debidos a fallos del cerebelo.

Como no resulta difícil imaginar, aunque la lesión de este órgano no provoque de manera directa una deficiencia motora, sí es responsable de una serie de problemas que pueden resultar tan incapacitantes como la pérdida de fuerza en sí misma.

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Las partes del cerebro

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El lóbulo anterior, también conocido como “paleocerebelo”, es la parte que se considera más antigua tanto en el desarrollo del individuo, ontogénesis, como en el de la especie, filogénesis. Es el centro regulador del tono muscular, el estado de tensión, en reposo, de los músculos de regulación refleja involuntaria, y del equilibrio al realizar los movimientos más elementales de nuestro cuerpo.

El lóbulo posterior es denominado también “neocerebelo”, al constituir la porción más nueva de esta estructura desde el punto de vista ontogenético y filogenético. Se encuentra mucho más desarrollado, sobre todo en los varones y presenta unos salientes bilaterales llamados “hemisferios cerebelosos”. En esta región del órgano se efectúa el control de la movilidad voluntaria y semivoluntaria.

Entre ambos lóbulos es posible distinguir otra zona, alargada, conocida como “vermis“, y que se encarga de recibir la mayor parte de las “señales nerviosas” procedentes de las diferentes áreas somáticas de nuestro cuerpo. El lóbulo floculonodular, por último, es la parte del cerebelo responsable casi por completo del control del equilibrio.

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Movimientos controlados por el cerebro

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El cerebro es un órgano de todos conocido: su localización, el papel destacado que desempeña en el normal funcionamiento y la coordinación del organismo… Pero el cerebelo es otro cantar. Seguro que ya no son tantos los que pueden señalar su localización exacta y mucho menos enunciar sus principales funciones. Y es que, hasta que no falla, no se deja notar su “callada” labor de velar por la precisión y sincronización de los movimientos.

El cerebelo, una estructura integrada en el sistema nervioso central, se encuentra situado en el interior de la cavidad craneal, en la zona posterior e inferior con respecto al cerebro. Junto con otras estructuras nerviosas, como el tronco del encéfalo, constituye lo que se conoce como “la fosa posterior”.

Esta estructura nerviosa, todavía un poco “misteriosa” para el profano, es un órgano de pequeñas dimensiones: 10 cm de anchura, por 5 cm de altura y 6 cm de diámetro antero-posterior. No sin razón, “cerebelo” significa etimológicamente “pequeño cerebro”, no obstante sus minúsculas dimensiones, es posible distinguir en él tres lóbulos, bautizados en función de su localización: anterior, posterior y floculonodular.

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Cómo funciona el cerebro

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El cerebelo actúa recogiendo una serie de información procedente de las zonas periféricas de nuestro cuerpo -las articulaciones y los músculos, por ejemplo, “traduciendo” los mensajes recibidos e integrando todos esos datos con los de las demás estructuras del sistema nervioso.

Este trabajo de recabar información de diferentes áreas del cuerpo es constante, de modo que resulta posible determinar, en todo momento, la posición que tiene el organismo, las fuerzas que actúan sobre él, la realización o no de movimientos, el ritmo de esos movimientos…

El cerebelo está, así, en condiciones de comparar en todo momento el estado físico de cada parte del cuerpo con el estado que persigue el sistema motor. Si se detectase la existencia de un desajuste o una descoordinación entre cómo se está y cómo se pretende estar, se pondría en marcha de forma instantánea la transmisión al sistema motor de una serie de señales correctoras apropiadas, para aumentar o disminuir la actividad o la velocidad de los músculos específicos integrados en la realización de ese tipo de movimientos.

Esta estructura nerviosa cuenta con unas vías de propagación de la información muy rápidas, que son capaces de transmitir impulsos a velocidades mayores de 100 metros por segundo, lo cual permite al cerebelo conocer todos los cambios que se están produciendo constantemente en el sistema locomotor de nuestro cuerpo.

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